
Solo se pesca mejor
He pasado muchas jornadas solo, y no voy a mentir, tiene su encanto.
El río suena más y el aire parece más limpio. Las truchas se muestran antes y la mente entra en ese modo en el que todo fluye.
Cuando estás solo estás más atento a todo. A la corriente, al brillo de una aleta, al hilo que deriva.
Pescar solo es más eficiente.
Pero, aun así, no lo disfruto igual.
Muchas de las ideas que lees aquí salen primero de la lista de correo. Es donde voy compartiendo lo que aprendo en el río, tal como viene.
El río como conversación
Cuando voy con alguien, el río se convierte en conversación.
No hace falta decir gran cosa.
Basta una mirada, un gesto o un silencio compartido después de perder una buena pieza para entender que ambos sentimos lo mismo.
Ese tipo de comunicación no se inventa, nace del río y de las horas juntos.
Aprender con otros ojos
Y además se aprende más cuando ves a otros pescar.
Ves cómo el otro lee el agua, corrige la deriva, interpreta las corrientes de una forma que tú no habías visto.
A veces te das cuenta de tus manías al mirar las suyas.
Y otras veces simplemente, entiendes que no hay una sola manera correcta de lanzar o de pescar.
Cada pescador lleva dentro su propio mapa del río.
Lo que realmente queda
Los peces grandes, los días duros, las tormentas… todo pesa menos cuando alguien lo recuerda contigo.
Incluso los días malos, esos en los que nada sale bien, se salvan con una broma o una cerveza al volver al coche.
Pesco acompañado porque me gusta que el río deje huella en más de una memoria.
Al final, cuando todo pasa, lo que queda no es el número de capturas ni las fotos.
Lo mejor del río no se mide en truchas, sino en recuerdos compartidos.




