
El pulso artificial del río
Hace tiempo que le doy vueltas a una idea: los ríos regulados se han convertido en el pilar de nuestra pesca.
Son ríos con condiciones creadas por el hombre. El caudal no sigue el pulso natural, sino el calendario del riego o la demanda eléctrica.
El agua baja más fría de lo que tocaría y el ritmo del río obedece más a un motor que a las estaciones.
Muchas de las ideas que lees aquí salen primero de la lista de correo. Es donde voy compartiendo lo que aprendo en el río, tal como viene.
Lo inesperado: hábitats que funcionan
Y, sin embargo, aguas abajo de muchos embalses aparecen hábitats casi perfectos para la trucha.
Tramos donde el equilibrio, aunque artificial, funciona.
Son entornos demasiado frágiles, pero a menudo albergan poblaciones que merece la pena pescar.
Ríos que mantienen una energía viva, irregular, pero todavía auténtica.
Ríos útiles, pero caprichosos
Claro que no todos los ríos regulados son iguales.
Algunos, en los meses secos, se vuelven imposibles de pescar. Cuando el agua debería escasear, los desembalses multiplican el caudal y el río se transforma en una corriente furiosa, impracticable.
En otros, las variaciones llegan sin aviso. El nivel sube o baja en cuestión de minutos, y hay que andar con mucho cuidado, porque lo que era una orilla segura puede dejar de serlo en un instante.
Esa irregularidad forma parte del trato. Son ríos útiles, pero caprichosos. Nos ofrecen jornadas memorables, aunque siempre bajo sus reglas.
La paradoja
Y ahí está la paradoja: lo que empezó como una alteración del río se ha convertido en el refugio de muchos pescadores.
Tal vez no sean ríos puros, pero nos recuerdan algo importante: la naturaleza siempre encuentra una forma de seguir adelante, incluso en escenarios que no deberían existir.




