
Cuando nada sale bien
Hay días en que todo se tuerce. El lance no sale, la línea se enreda en el arbusto de siempre, y la trucha que llevas media hora tentando desaparece justo cuando consigues esa deriva perfecta.
Y claro, te hierve la sangre. Porque uno viene a pescar para desconectar… y acaba discutiendo con el viento.
Al principio lo tomas como un fracaso. Pero con el tiempo aprendes que ninguna jornada perfecta enseña tanto como un día torcido.
Son esos ratos en los que todo sale mal los que te obligan a mirar de verdad lo que haces, lo que piensas y lo que esperas del río.
Muchas de las ideas que lees aquí salen primero de la lista de correo. Es donde voy compartiendo lo que aprendo en el río, tal como viene.
Aprender a leer la frustración
Con los años entiendes que la frustración también forma parte de la pesca. Igual que la corriente, no puedes detenerla, solo aprender a leerla.
A veces llega suave, como una brisa que te incomoda sin más; otras golpea con fuerza y te deja clavado en la orilla preguntándote qué haces mal.
Y sí, soltar un par de gritos al cielo ayuda.
El río los traga sin rencor, tú te tranquilizas y, curiosamente, el siguiente lance suele salir mejor.
Porque en ese instante ya no estás luchando contra nada, solo lanzando otra vez con la cabeza despejada.
Volver al motivo real
La clave está en no quedarse atascado en el enfado. Parar, respirar, mirar alrededor y recordar por qué estás ahí.
No estás para ganar, sino para seguir creyendo que el siguiente lance puede cambiarlo todo.
Entonces lo ves: la luz filtrándose entre los árboles, el agua moviéndose sin prisa, la espuma que marca un nuevo punto.
Y te das cuenta de que el río nunca se enfada contigo.
Eres tú quien decide si seguir remando contra la corriente o dejarse llevar un momento.
Del grito a la calma
Cuando la técnica acompaña, la frustración se vuelve menos ruidosa.
Ya no sientes rabia, sino curiosidad. Entiendes qué pasó y cómo corregirlo.
Cada error deja de ser un muro y se convierte en un camino.
He de confesar que a veces me cuesta pasar del grito a la calma sin perder las ganas de seguir lanzando, pero poco a poco lo voy consiguiendo.
Al final uno se da cuenta de que pescar no es una sucesión de aciertos, sino una conversación con el agua donde también caben los silencios.




