
La sensación de que algo no va bien
Hay días en los que todo parece igual y, aun así, las sensaciones no son buenas.
La línea no se estira.
La tensión se pierde.
El resultado no tiene nada que ver con lo que esperabas.
No es un fallo evidente. No hay un error claro al que señalar. Simplemente notas que algo no encaja.
Y cuando no encaja, casi siempre miras a la línea.
El camino que no ves
La caña no decide por su cuenta.
No improvisa.
No corrige nada.
Se limita a seguir el camino que tú le marcas.
El problema es que ese camino rara vez es consciente.
Pequeños giros del cuerpo.
Movimientos que se cuelan sin darte cuenta.
Compensaciones que haces porque “así siempre te ha funcionado”.
Nada de eso se siente como un error mientras lanzas. Pero todo deja rastro en la trayectoria.
Y cuando la trayectoria se tuerce, la línea solo obedece.
Cuando el fallo no está donde miras
Aquí es donde muchos se atascan.
Buscan el problema en la línea, en la caña o en la fuerza. Ajustan cosas que son visibles porque es lo único que pueden ver.
Pero el origen suele estar antes.
En algo que no se mira.
En algo que no se siente claramente.
Por eso el fallo se repite. Y por eso cuesta tanto corregirlo solo con intuición.
El control empieza antes
El control del lanzado no empieza en el resultado final.
Empieza mucho antes, en decisiones corporales que casi nunca se revisan.
Mientras no seas consciente del camino que dibujas, seguirás corrigiendo consecuencias, no causas.
Y eso tiene un límite muy claro.




