
Cuando el día arranca con una mentira bonita
Empieza bien. Primer lance, trucha pequeña, la ilusión de que el día promete.
Y entonces el río se calla.
Ni una cebada, ni una sombra, ni una pista.
Cuando no conoces el tramo y no hay señales, es como caminar sin mapa. Cada corriente parece buena, cada remanso promete, pero ninguno entrega nada. Y si encima has tenido una captura temprana, te pasas el resto del día persiguiendo un espejismo. Creyendo que va a repetirse, que estás cerca… pero no.
Muchas de las ideas que lees aquí salen primero de la lista de correo. Es donde voy compartiendo lo que aprendo en el río, tal como viene.
La verdad incómoda del tramo desconocido
Ahí es donde el río te baja a tierra. Te recuerda que un pez no es un patrón y que una captura no convierte un tramo desconocido en un campo de minas lleno de oportunidades. Te obliga a parar. A dejar de perseguir fantasmas y empezar a mirar de verdad.
Porque, en silencio, empiezas a notar otras cosas.
Cómo la corriente cambia de velocidad sin que lo hubieras visto antes.
Cómo la línea se posa mejor cuando bajas un punto el ritmo.
Cómo el brazo deja de forzar el lance en cuanto te rindes a la evidencia de que no vas a sacar nada del fondo de esa piedra que parecía perfecta.
Cuando no hay peces, sí hay aprendizaje
Esos días son perfectos para practicar lo que no depende del pez. El lanzado, la lectura del agua, la calma. Esa calma incómoda de aceptar que hoy el río no está para ti, pero tú sí estás para él. Y desde ahí, desde esa rendición útil, empiezas a disfrutar sin resultado. No por resignación, sino porque entiendes que la pesca también va de esto: de aprender cuando no pasa nada.
Lo que queda cuando el río no habla
No siempre hay historia.
Pero siempre hay aprendizaje.
Y a veces ese aprendizaje es tan simple como aceptar que el río no te debe nada.
Que hay días en los que solo estás ahí para afinar el gesto, escuchar el agua y volver a casa con las manos vacías pero la cabeza más ordenada.
Porque si solo pescáramos cuando salen peces, dejaríamos de ir al río la mitad de los días.
Y esos serían, precisamente, los días que más enseñan.




