
Llegar al río sin reloj
Ese día no hay prisa.
No miras la hora al bajar del coche.
No hay compromiso después ni sensación de llegar tarde a ningún sitio.
Todo está abierto. Demasiado abierto.
No saber por dónde empezar
Te paras más de la cuenta.
Miras el tramo entero.
Sabes que podrías empezar en muchos sitios y justo por eso no empiezas en ninguno.
Cuando el tiempo aprieta, decides rápido.
Cuando no aprieta, dudas.
Tener margen no siempre ayuda
Puedes probar.
Puedes esperar.
Puedes volver a mirar.
Y mientras tanto, el río sigue pasando delante de ti sin que termines de entrar en él.
No por falta de opciones, sino por exceso.
Cambiar menos de lo que creías
Pensabas que, con calma, ajustarías mejor.
Que elegirías con más criterio.
Pero acabas haciendo lo mismo de siempre.
No porque sea lo correcto hoy, sino porque es lo conocido.
El tiempo de sobra no te empuja a decidir.
Te anestesia un poco.
Seguir lanzando sin una decisión clara
Lanzas.
Recoges.
Vuelves a lanzar.
No está mal.
Pero tampoco está del todo bien.
No hay un error claro que corregir.
Solo la sensación de estar dejando pasar algo sin saber muy bien qué.



