
El impulso que engaña
El pez está ahí.
Comiendo en la otra orilla.
El viento entra por el hombro lanzador.
La corriente empuja la línea en diagonal.
Sabes que, si lanzas ahora, la mosca no va a llegar como debería.
Aun así, el cuerpo se prepara.
No porque sea una buena decisión, sino porque llevas demasiado tiempo sin lanzar. Porque el silencio incomoda. Porque el impulso empuja más fuerte que el criterio.
Así empiezan muchos lances fallidos.
Cuando el problema no es técnico
Aquí suele aparecer la excusa cómoda.
Que si el viento.
Que si el ángulo.
Que si la postura.
Pero muchas veces el fallo no está en la ejecución. Está en la decisión previa.
Lanzas cuando el río ya te ha dicho que no.
Y luego intentas corregir con técnica algo que nació torcido.
La pausa que nadie entrena
Parar cuesta.
Cuesta más que lanzar mal, porque no deja rastro visible. No hay línea en el aire. No hay sensación de acción. Solo espera.
La mayoría de pescadores entrena gestos.
Muy pocos entrenan la capacidad de no hacerlos.
Y sin esa pausa, el error se repite con distintas formas.
Donde empieza la diferencia
Hay un momento, justo antes del lance, en el que todo se decide.
No es espectacular.
No se nota desde fuera.
No queda grabado en la memoria como un buen lance.
Pero es ahí donde se separa el impulso del criterio.
Mientras ese momento pase desapercibido, seguirás lanzando más de la cuenta.
Corrigiendo después lo que se podría haber evitado antes.




