
Cuando el río parece vacío
No siempre hay cebas… pero los peces están ahí, dispuestos a alimentarse.
En los ríos de meseta esto es casi una regla. El agua se estira en tablas largas, parece tranquila, incluso muerta. Y sin embargo, las truchas siguen ahí, comiendo en silencio.
“Pescar al agua” no es lanzar a lo loco. Es otra cosa.
Es leer el río cuando no hay señales, confiar en que cada corriente, cada cambio de fondo o cada remanso puede esconder un pez.
Y cuando una trucha rompe ese silencio y entra a tu mosca, la sensación es distinta: sientes que has ganado una partida sin ver las cartas.
Muchas de las ideas que lees aquí salen primero de la lista de correo. Es donde voy compartiendo lo que aprendo en el río, tal como viene.
La lectura invisible del río
La clave de pescar al agua está en leer bien el río.
En los grandes ríos de meseta, donde hay que cubrir extensas áreas, eso significa afinar la vista y la intuición.
Hay detalles que marcan la diferencia:
Corrientes secundarias donde se concentra la comida.
Orillas socavadas (“sopandas”, que les llama un amigo de Burgos) que parecen vacías pero esconden refugios perfectos.
Pozas y tablas largas que piden paciencia, confianza y una buena deriva.
Y no olvides a dos compañeros inevitables de la meseta: la luz intensa y el viento.
Pueden ser un fastidio o el mejor aliado para ocultar tu silueta y posar la mosca con más naturalidad.
Escuchar lo que el agua no dice
Si aprendes a mirar con calma, descubrirás que el río siempre habla, aunque no veas una sola trucha moverse.
Pescar al agua es aprender a leer ese lenguaje invisible, a confiar en la intuición y en el silencio.




